UNA PARTE DE MÍ
Aquello fue más doloroso de lo que imaginó. Cuando despertó de la
anestesia, levantó la sábana: un vacío blanco ocupaba el lugar donde antes
había estado su pierna. En ese momento tomó conciencia de que había perdido una parte de su cuerpo, una
parte de sí mismo.
La vida ya no sería igual. El día que le dieron el
alta se angustió: “¿Cómo se vive sin una pierna?”
Salió del hospital apoyándose en unas muletas que manejaba con
torpeza. Al llegar a casa, la sintió más vacía que nunca. Anduvo recorriéndola.
Se paró en cada habitación, buscó en ellas algo que le ayudara a recordar,
todas le parecieron diferentes. Fue a su dormitorio, paseó la vista por todos
los objetos que habían sido parte de su vida, aspiró con ansiedad: su perfume
ya no era perceptible. Abrió el armario. Sus zapatos estaban perfectamente
alineados en el último estante: ¿qué haría con los del pie derecho? ¿Habría
otra persona que hubiera perdido la pierna contraria? “Debería buscarla”, pensó
Inició entonces el largo proceso de vivir sin su pierna. Al
principio notaba su presencia, como si siguiera allí. Le dijeron que era
normal, esa sensación no desaparece hasta pasado un tiempo. Era un duelo que
debía afrontar y superar todas sus etapas.
Miraba las muletas de manera obsesiva, a pesar del daño que le
hacían. Miraba el vacío y pensaba que ninguna prótesis, por perfecta que fuera,
podría llenarlo. Nunca recuperaría la agilidad de antes y se negó a
ponérsela. No volvería a correr. ¿Podría trabajar? Se torturaba pensando en todo aquello que desaparecería de su vida.
Sería un mero espectador de vidas ajenas.
Al cabo de unos días, cuando el tiempo invitaba ya a pasear, se decidió
por fin a salir de casa. Caminaba con la mirada fija en el suelo. Prefería no
ver las caras de compasión: “pobre hombre”. Fue a un parque cercano y se sentó
en un banco, las muletas se le clavaban en las manos. Se recostó en el respaldo
y las dejó apoyadas a un lado. El aire era tibio.
Miró a los que pasaban y, una vez más, se compadeció de sí mismo.
Oyó una voz cercana:
–No es fácil.
Se giró y solo entonces vio a una joven al otro lado del banco. La
miró, pero no supo qué decir. Ella hizo un gesto con la cabeza señalando su pantalón
vacío.
–Cuesta acostumbrarse, pero se acaba aceptando –le dijo.
Él siguió sin saber qué contestar. Entonces ella se descubrió el
brazo y le mostró una profunda quemadura que iba desde el codo hasta la mano.
–Al principio no quería ocultarlo, pero las miradas curiosas hacia
mi brazo me convencieron. Preferí pasar desapercibida.
La escuchaba y desplazaba su mirada del brazo a su pantalón, que el
viento agitaba ligeramente.
–Fue una gangrena –contestó al fin.
–Yo tuve un accidente de coche, estaba borracha. Mis amigos murieron.
–Debió ser terrible.
–Sí, hay pérdidas que nunca se superan.
–Cierto, nunca.


