martes, 21 de mayo de 2013

UNA PARTE DE MÍ


UNA PARTE DE MÍ



Aquello fue más doloroso de lo que imaginó. Cuando despertó de la anestesia, levantó la sábana: un vacío blanco ocupaba el lugar donde antes había estado su pierna. En ese momento tomó conciencia de que había perdido  una parte de su cuerpo,  una parte de sí mismo. La vida ya no sería igual.  El día que le dieron el alta se angustió: “¿Cómo se vive sin una pierna?”
Salió del hospital apoyándose en unas muletas que manejaba con torpeza. Al llegar a casa, la sintió más vacía que nunca. Anduvo recorriéndola. Se paró en cada habitación, buscó en ellas algo que le ayudara a recordar, todas le parecieron diferentes. Fue a su dormitorio, paseó la vista por todos los objetos que habían sido parte de su vida, aspiró con ansiedad: su perfume ya no era perceptible. Abrió el armario. Sus zapatos estaban perfectamente alineados en el último estante: ¿qué haría con los del pie derecho? ¿Habría otra persona que hubiera perdido la pierna contraria? “Debería buscarla”, pensó

Inició entonces el largo proceso de vivir sin su pierna. Al principio notaba su presencia, como si siguiera allí. Le dijeron que era normal, esa sensación no desaparece hasta pasado un tiempo. Era un duelo que debía afrontar y superar todas sus etapas.

Miraba las muletas de manera obsesiva, a pesar del daño que le hacían. Miraba el vacío y pensaba que ninguna prótesis, por perfecta que fuera, podría llenarlo. Nunca recuperaría la agilidad de antes y se negó a ponérsela. No volvería a correr. ¿Podría trabajar? Se torturaba pensando en todo aquello que desaparecería de su vida. Sería un mero espectador de vidas ajenas. 

Al cabo de unos días, cuando el tiempo invitaba ya a pasear, se decidió por fin a salir de casa. Caminaba con la mirada fija en el suelo. Prefería no ver las caras de compasión: “pobre hombre”. Fue a un parque cercano y se sentó en un banco, las muletas se le clavaban en las manos. Se recostó en el respaldo y las dejó apoyadas a un lado. El aire era tibio.

Miró a los que pasaban y, una vez más, se compadeció de sí mismo. 

Oyó una voz cercana:

–No es fácil.

Se giró y solo entonces vio a una joven al otro lado del banco. La miró, pero no supo qué decir. Ella hizo un gesto con la cabeza señalando su pantalón vacío.

–Cuesta acostumbrarse, pero se acaba aceptando –le dijo.

Él siguió sin saber qué contestar. Entonces ella se descubrió el brazo y le mostró una profunda quemadura que iba desde el codo hasta la mano.

–Al principio no quería ocultarlo, pero las miradas curiosas hacia mi brazo me convencieron. Preferí pasar desapercibida.

La escuchaba y desplazaba su mirada del brazo a su pantalón, que el viento agitaba ligeramente.

–Fue una gangrena –contestó al fin.

–Yo tuve un accidente de coche, estaba borracha. Mis amigos murieron.

–Debió ser terrible.

–Sí, hay pérdidas que nunca se superan.

–Cierto, nunca.

miércoles, 8 de mayo de 2013

LA VIDA SE ROMPE



 LA VIDA SE ROMPE


 

Todavía en la cama, resistiéndose a levantarse y afrontar un nuevo día, Julia pensaba: “Siempre la misma sonrisa, el mismo saludo, los mismos gestos.” El pitido agudo del sensor óptico resonaba en sus oídos como una pequeña tortura sin tregua. A esa insoportable monotonía venían a sumarse las miradas obscenas de aquel baboso encargado que se aprovechaba de su miserable parcela de autoridad.
–¡Esta vida no tiene arreglo! –se lamentó en voz alta. 

Se sobresaltó y giró bruscamente la cabeza: “¡Mierda! Este trasto se ha vuelto a parar. Cualquier día lo estampo contra la pared.” Se levantó a toda velocidad, se arregló y fue a la habitación de su hijo.
–Pablo, cariño, levántate. Tenemos que ir a la guardería corriendo.
Lo sacó de la cama con el oso de peluche bien sujeto entre sus bracitos. Medio dormido todavía, se dejó vestir. Julia lo miraba con ternura, le parecía mentira que hubieran pasado ya dos años. Se tomó el café casi frío.

Bajó en el ascensor y salió a toda prisa empujando el cochecito, imprescindible cuando tenía prisa. Vivían en un piso pequeño de las afueras. Era un barrio impersonal de edificios grises. Cogió el autobús cuando casi arrancaba. Estaba repleto y tuvo que dar algún que otro empujón para hacerse sitio. Oyó protestas que ignoró impasible. Llegó a la guardería justo cuando el conserje cerraba la puerta. Julia respiró. Cada mañana era una lucha contra el tiempo que la dejaba agotada antes de empezar a trabajar. Pero ahí estaba Pablo.

El supermercado en el que trabajaba de cajera estaba cerca. Se puso el uniforme y se instaló en la caja. Hacía el turno de mañana.
–Buenos días. Vaya poniendo las cosas en bolsas, por favor.
La misma frase una y otra vez, infinitas veces. Los trabajadores tenían media hora de pausa que aprovechaban para comer. Un cuartito cutre con una mesa, cuatro sillas y un microondas en un rincón hacía las veces de comedor. Coincidía a menudo con el encargado, curiosa coincidencia, pensaba Julia cada vez que se lo encontraba allí. No podía soportarlo. Acosaba a las empleadas, obligadas a callar. Sus manos blancas, gordezuelas y siempre sudorosas le daban tal asco que no levantaba ni un momento la cabeza de su comida. Sus hombros casposos completaban la imagen de aquel individuo. Si iniciaba una conversación, siempre con insinuaciones vulgares, ella contestaba con monosílabos; educada, pero sin mirarlo. Una sola palabra de aquel tipejo podía suponer el despido inmediato. 

¡Por fin las tres! Ya había cuadrado la caja y la relevó una compañera. Intercambiaron unas palabras y Julia le dijo con un suspiro: “Es lo que hay, Juani, esta vida no tiene arreglo!” Su frase favorita.
Antes de recoger a Pablo, disfrutaba de unos minutos de paz sentada en una terraza donde aprovechaba para cuadrar su presupuesto. Se dijo: “Hay que estirar el sueldo, Julia” Pero no vivía angustiada por el dinero.
La sonrisa de Pablo cuado la veía llegar y su carrera para abrazarla era como el sol que aparece al final de un día gris. Volvía paseando si el tiempo acompañaba. Dos peleas en el autobús eran excesivas para un solo día. Pasaban por delante de un parque: “Mami, paque”. Lo contemplaba subir y bajar una y otra vez. 

El baño era uno de los momentos mágicos del día para los dos. Durante unos minutos Julia perdía de vista su vida. Llenaba la bañera de juguetes y se divertían como dos criaturas: se tiraban agua, cantaban, jugaban, contaban cuentos. Julia acababa empapada y agotada, pero feliz.
Mientras preparaba la cena, Pablo se le acercó llorando:
–Mami, e coche etá roto…
–No te preocupes, cariño, mamá te lo arregla.
Julia recompuso como pudo un coche destartalado, heredado de otro niño y se lo devolvió. Pablo lo miró y no se quedó muy convencido con la reparación, pero se fue a su cuarto.
Durante la cena, Julia no pudo reprimir un nuevo suspiro:
–¡Ay, Dios mío, esta vida no tiene arreglo!
Continuaron cenando y al cabo de unos minutos Pablo le preguntó:
–Mami ¿la vida e rompe?


domingo, 21 de abril de 2013

AUSENCIA




 AUSENCIA
Aquella Navidad solo yo reparé en que la silla de nuestra hermana Luisa estaba vacía y arrinconada junto a su recuerdo.
La nuestra había sido una familia respetable y respetada. Siempre unida, reinaba en ella una perfecta armonía, como Dios manda. Yo nunca tuve esa certeza.
Cada Navidad, siguiendo una estricta tradición, nos reuníamos todos, contentos de reencontrarnos año tras año. Algunos acudíamos a esa sagrada cita como una obligación ineludible; aquel año fue el primero en el que uno de nosotros faltó. Sin embargo, nadie se atrevió a mencionarlo. Si en un descuido alguien pronunciaba el nombre de Luisa o el de su hija Elena, se producía un breve pero incómodo silencio. Mi padre nos había prohibido hablar de ellas en su presencia. La culpaba de  haber cometido el peor de los pecados: disponer de su vida. Yo también callaba, siempre le tuve miedo.
Un año tras otro mi padre se deleitaba mirándonos uno a uno, como el pastor que cuenta sus ovejas, y decía orgulloso: “¡No falta ninguno!” Aquello confirmaba su papel de patriarca, el que tanto le satisfacía y que ejercía con mano firme. Mi madre, siempre sonriente y sumisa, también parecía feliz: todos sus cachorros estaban en el redil. Aquel año, una vez más, se rompieron las tradiciones, no hubo recuento.
Mis dos hermanos mayores ejercían su estatus de primogénitos a la perfección. Mis padres presidían la mesa, ellos se situaban uno a cada lado. Seguían, en el orden estricto que exige el protocolo, sus respectivas esposas, las dos de buena familia. Luisa y yo nos mezclábamos con nuestros sobrinos, huyendo de las aburridas y sesudas disertaciones de la presidencia, generalmente monopolizadas por él.
Sobre el murmullo de las conversaciones y el chocar de platos y cubiertos, se oyó de pronto el llanto de Elena. Por unos instantes casi imperceptibles, el silenciado recuerdo de Luisa planeó sobre la mesa. Mi madre se apresuró a romperlo con algún oportuno comentario.  Me levanté y fui a verla al cochecito. Le puse el chupete que se le había caído y se calmó. Un mudo suspiro alivió la tensión del ambiente.
Todo empezó cuando Luisa cambió de carácter de manera radical hacía ya más de un año. Aquello reforzó en mí la duda de aquella perfecta armonía en nuestra familia. Por algún motivo que no pude esclarecer hasta más tarde, Luisa se encerró en sí misma.
Habíamos estado siempre muy unidas, éramos las pequeñas, las dos niñas mimadas. La diferencia de edad que nos separaba de nuestros hermanos mayores contribuyó a acentuar esa complicidad. Lo compartíamos todo: primero habitación y juegos, luego confidencias de adolescentes. No existían secretos entre nosotras. Pasada ya la adolescencia, en un momento que no sabría precisar, Luisa empezó a  huir de mí, dejó de venir a mi habitación a contarme secretos como antes. Se quedaba en la suya y yo la oía llorar. A veces me acercaba a su cama, intentando sacarla del mutismo en el que de un día para otro se había encerrado. Solo me apretaba la mano con fuerza. Era inútil preguntarle, nunca conseguí una respuesta.
La obtuve al fin, pero fue demasiado tarde: una breve nota  debajo de mi almohada en la que me explicaba su calvario, me pedía perdón y me encomendaba el cuidado de Elena. Solo yo la leí. Fue tal mi rabia y mi dolor que no quise compartir con ellos el de mi hermana.
Hacia el final de la noche, cuando aparecían en la mesa los turrones y licores, mi padre, ejerciendo una vez más el papel de maestro de ceremonias, cerraba la velada con su tradicional discurso sobre nuestra maravillosa y unida familia, deseando que el próximo año pudiéramos volver a reunirnos. Sin embargo, por primera vez lo vi acobardado cuando no pudo sostener mi mirada cargada de odio y rencor. ¿Hasta dónde sabía yo? Mi silencio fue para él su peor castigo. Rompiendo una vez más la tradición, no se atrevió a desear, como hacía otros años, que el próximo hubiera entre nosotros algún cachorrillo más.
Cuando acabó de hablar, sentí náuseas. Sin mirar a nadie, cogí el cochecito de Elena y me fui.